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LA TRANSFERENCIA EN / DE / CON / POR / HACIA / … LA PSICOSIS

Muchos autores han tratado de categorizar, explicar y definir la (o las) psicosis y sus fenómenos en función de su propio sistema simbólico de referencia, haciendo más hincapié en determinados aspectos de las dificultades del sujeto psicótico. Esto es hasta cierto punto lógico, ya que suponiendo que el autor no sea un psicótico, su sistema de referencia, presumiblemente neurótico y parcial, no va a poder dar cuenta de una totalidad que le resulta ajena, sino a partir de una cierta y limitada relación con algunos determinados aspectos del psicótico al que se pretende categorizar, explicar o definir, para los fines a que sirva nuestro presunto neurótico autor.

Ya desde los orígenes mismos del psicoanálisis, las controversias sobre la analizabilidad o no de los sujetos psicóticos, o la abordabilidad de los fenómenos de la psicosis ha estado en el candelero. El mismísimo Freud afirma que el psicoanálisis no puede aplicarse en sujetos psicóticos, en los que resultaría contraproducente y negativo. Algunos de sus discípulos, sobre los que llega a planear la sombra de la psicosis, se interesarán por los psicóticos y aplicarán a sus dificultades técnicas psicoanalíticas.
Lo ortodoxo o no del psicoanálisis con psicóticos, o niños, entre otras prácticas, abrirá décadas más tarde la distinción entre psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado.

Pero nuestro tema de hoy va más allá de si el trabajo con un sujeto aquejado por la (¿una?) psicosis es o no un psicoanálisis sensu stricto. ¿O no? En realidad, una de las dificultades que se nos plantea para pensar el trabajo posible con un paciente psicótico es el estatus que tiene el inconsciente, qué forma de transferencia es posible, y vía qué tipo de relación podemos intentar introducir alguna diferencia en un funcionamiento poco operativo (sería una forma eufemística de denominar un síntoma que hace padecer al paciente).
Claramente, nuestro propio sistema, tanto imaginario como simbólico y conceptual va a permitir mayor apertura o no en cuanto a las posibilidades de pensar a nuestro supuesto sujeto paciente, y esto no es sin efecto sobre el trabajo a realizar.

Tomando las obras de tres autores que durante el mismo siglo observaron pacientes en similares dificultades, nos encontramos con diferencias de bulto, que podemos tomar para pensar:
- Kanner encuentra en los autistas a sujetos muy perturbados sin apenas lenguaje con un extremo deseo de soledad.
- Asperger reconoció en ellos a sujetos con restricción en sus relaciones con el entorno, pero con un lenguaje bizarro, o con una particular simbolización, o el recurso al código matemático…
- Bettelheim explica estos trastornos por la inescapabilidad del sujeto ante situaciones exteriores muy aversivas, de las que el sujeto se defiende autoencerrándose, pero al mismo tiempo les atribuye una avidez de relación.

Es de fácil deducción y comprensión aventurar que, si el punto de vista de, en nuestro ejemplo, estos autores, es diferente, su observación, su interés y, por supuesto, su clínica no van a recaer sobre los mismos aspectos. Por lo que también podemos pensar que el sujeto sobre el que se pretende intervenir (sería entonces un sujeto o un objeto de nuestra intervención?) no va a ser el mismo.

Por supuesto, también podemos pensar sobre otras perspectivas clínicas que ven en estos perturbados un trastorno neuroquímico, un síndrome dopaminérgico, o …, como recurso a un código para construir (¿?) un sujeto (sujetado, en el sentido de Lacan de sujeto como aquel del que se habla) distinto en cada caso?

Entonces, como primer punto de reflexión, tenemos que la mirada del analista, del clínico, del observador, … MI mirada, puede estar orientada hacia determinados aspectos de aquel que se presenta ante mí, y que es mi relación particular con eso, que me muestra algunas cosas y no otras, la que abrirá (o cerrará) las puertas a lo que pueda dar paso… Desde este particular punto de reflexión arrancaba mi ambigua propuesta del título de la transferencia en, de o con la psicosis. Tal vez, yo, como sujeto supuesto neurótico, cuando me enfrento a algún sujeto supuesto psicótico, me encuentro no sólo con las movilizaciones +/- inconscientes (¿me habrá servido de algo?) contratransferenciales con ese posible futuro paciente, sino también con mi transferencia hacia la psicosis, no la psicosis que me trae el paciente, sino con La Psicosis, y lo que eso pulsa en mí.

Porque, como veíamos, si yo pensara que la psicosis de mi paciente es intratable, inmodificable, y que no hay estabilización posible, ¿qué podría regir mi trabajo con él o ella? Igual que es claro que si pensase en un conjunto de conductas a modificar o a extinguir, trataría de aplicar el método “adecuado”, la perspectiva de una posibilidad de apertura, de cambio, aunque sea de forma asintótica y muy en el horizonte, puede marcar un mínimo de ánimo y esperanza para iluminar un complejo trabajo desde el silencio aparentemente inmóvil, invisible.
Por esto, opino que siempre es preferible atribuirle alguna subjetividad a nuestro paciente, alguna potencia, aun desconocida para nosotros, que una clasificación inmovilista, inmovilizadora igualmente para clínico y paciente.
Esa experiencia de ser traído a escena por el paciente, de ser resaltado del fondo, sacado del paisaje, tras un periodo de aparente invisibilidad, nos devuelve la confianza en una orientación, en una prudencia, en una apertura a dejarse sorprender por lo inesperado, lo imposible, lo real.

Otro punto sobre el que me gustaría reflexionar es sobre la diferencia estructural (o no) entre neurosis y psicosis. Una visión continuista pretendería que existe un continuum neurosis – psicosis a lo largo del cual se sitúa y por tanto se puede localizar a todo sujeto. Pero la clínica nos muestra que no existe tal continuum, o que caso de poderlo formular, más o menos, no es sin discontinuidades que resulten insalvables. Uno no puede desplazarse por la barra de la neurosis hacia la psicosis o de vuelta sin tropezar.
Como tampoco hay ni siquiera similitud, parecido o continuidad entre la angustia tal como aparece en ambas estructuras. Aunque utilizamos el mismo término, angustia, creo que no obedece al mismo fenómeno, o al menos a una manifestación de la misma cosa.
La angustia en un sujeto neurótico parece referir o amenazar con la indiferenciación, con una cierta desaparición del yo, mientras que en psicótico, en el que no encontramos un yo diferenciado que pueda indiferenciarse, la amenaza que supone la angustia raya con la desaparición, la aniquilación, la pérdida de lo mínimo, de esos pequeños fragmentos que nuestro “sujeto” psicótico ha podido sujetar precariamente, a menudo por medio de un artefacto que supla la función fálica, que abroche con hilvanes su tejido…

En cuanto a la transferencia, si la pensamos como la relación inconsciente de un sujeto que atribuye …, es fácil pensar q no se puede producir la transferencia en la psicosis, o q caso de producirse, sea una transferencia que por psicótica pueda ser persecutoria, más o menos amenazadora, erótica… por relacionarse con el Otro.
Pero nos encontramos con fenómenos transferenciales en sujetos psicóticos. Se deberá esto, como algunos se aprestan a introducir, a una cierta parte neurótica que en todo psicótico cabe la posibilidad de hallar? ¿En qué quedamos, hay una estructura (tal vez no completamente cerrada, si puede admitir partes o aspectos de otras estructuras), o es un continuo a lo largo del cual se sitúa cada caso?
Al fin y al cabo, es un referente teórico que hace a la necesidad del clínico para comprender y asimilar los hechos de su práctica, pero como necesidad del clínico, tal vez atienda más a dicha necesidad que a la de la propia entidad de la psicosis y sus fenómenos, entre los cuales la transferencia tiene su propia realidad a trabajar.


12/03/08
Fernando Laguna

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