Algunas reflexiones sobre el juego y dificultades relacionadas…
“La ocupación favorita y más intensa del niño es el juego. Acaso sea lícito afirmar que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él. Seria injusto en este caso pensar que no toma en serio ese mundo: por el contrario, toma muy en serio su juego y dedica en él grandes afectos. La antítesis del juego no es gravedad, sino la realidad. El poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad.[1]”
El juego[2] es una experiencia vital, una actividad fundamental no sólo del periodo de vida pre-escolar, sino de toda la vida del ser humano. Los distintos teóricos que han trabajado esta concepción del juego infantil (Winnicott, Lieberman, Piaget, Jackson…), han señalado distintas características de éste, de las que podemos señalar:
• El juego es placentero y divertido
• No tiene metas o finalidades extrínsecas
• Es espontáneo y voluntario, no obligatorio
• Implica cierta participación activa por parte del jugador
• Establece conexiones sistemáticas con lo no - lúdico
• Implica confianza
• Compromete al cuerpo
• Supone una excitación corporal y su sentimiento de existencia física
• Es satisfactorio
• La excitación que produce no es excesiva
• Pertenece a una zona intermedia entre la realidad interna del niño y el mundo exterior, compartido con los demás…
• El juego no es una realidad psíquica interna, pero no es del mundo exterior
• Implica un alto nivel de concentración, sin que el contenido manifiesto importe
• El juego experimenta una evolución en relación con el desarrollo del niño
• …
Pero en esta actividad vital que implica el juego, la experiencia es diferente según el punto de vista sea el del niño o del adulto (también podemos tomar la visión “interna” o “externa” del juego, el jugador y el observador)
Desde el punto de vista del niño, encontramos un interés mantenido, una concentración en la acción, la investigación, el júbilo del dominio corporal, del control sobre las consecuencias de la acción, creación y construcción, …, como hemos apuntado ya.
Desde la visión del observador, no es infrecuente encontrar depreciaciones de dicha actividad infantil (dicho calificativo esconde ya un matiz peyorativo no sólo dirigido al adulto, sino a veces también, paradójicamente, a lo que hacen los niños…), de modo que el juego es visto como algo no útil, práctico o funcional, algo sin un sentido claro, absurdo a veces, ficcional, no conectado necesariamente con la realidad, algo divertido (por lo que puede resultar sospechoso…)…
Hemos de aclarar que sabemos que no es éste el punto de vista de todo adulto, pero nos interesa trabajar sobre estas dificultades, por lo que nos centraremos en estas concepciones peyorativas del juego.
Igualmente, si decimos que el adulto no sabe, no quiere, pensar, jugar, etc., de otra forma, no pretendemos negativizarlo, rodeándole de una atmósfera de malignidad, sino que apuntamos a que existen dificultades, por las que no puede hacer de otro modo, y queremos investigarlo para encontrar orientaciones de nuestro trabajo con ellos.
¿Por qué piensa así nuestro adulto?
La desvalorización del niño y su mundo, algo (aún) no inscrito en la cadena de producción que comanda la sociedad, señala todo lo relacionado con el ocio como algo negativo o sospechoso si no está articulado a un elevado coste (goce) necesario para poder optar e él. Pero incluso el ocio adulto está articulado, regulado, y orquestado de un modo radicalmente distinto al juego en la concepción que estamos utilizando.
En el niño, y en todo lo que se pretende que haga, no haga, tenga o deje de tener, se proyectan deseos, fantasías, esperanzas, … del adulto, que pretende vehiculizarlos en el niño: “que haga lo que yo quería hacer”, “que tenga lo que yo no tuve”, “que sea como yo”…
La vergüenza a perder las formas, a mostrar parte de las intimidades inconscientes de uno también dificulta la seguridad ambiental necesaria para esa actitud lúdica que precisa el juego. Podríamos pensarlo con Winnicott como una incapacidad para proyectar-se, para la creatividad, la imaginación, para diluir el ser en un “como si”,…
La no consciencia de los deseos propios, reprimidos, y de las actividades que implican un disfrute pulsional “infantil”, relacionado con otros goces prohibidos, que apuntan hacia el incesto.
El adulto tiene a menudo dificultades para acceder al propio niño en él, a identificarse proyectivamente con el niño, y ver las necesidades y pulsiones propias, por lo que el juego del otro le resulte envidiable (ver Melanie Klein), o amenazador (para el control ya “conseguido” sobre estas mociones infantiles). La agresividad especular provocada por la contemplación del disfrute extraído del juego revertirá sobre uno u otro de los personajes.
Al adulto le ha podido ser imposible producir ese “estar solo”, esa zona de transición, la constitución de la función del juego, creadora y recreadora.
¿Cómo influye la forma de pensar del adulto en el juego del niño?
Hemos dicho que la presencia de un adulto “segurizante” es importante para la constitución de un buen espacio de juego. Para poder separarse hace falta haber estado lo suficientemente “pegado”, un mínimo de tiempo…
El valor que el adulto da a la figura del niño, a su capacidad, su actividad, su mundo…, es básico para poder aportarle unos referentes a los que poder alienarse… Que los significantes aportados para la constitución sujetiva sean más o menos optimistas, también influye, claro.
Pero a menudo, el adulto no puede dejar jugar “libremente” al niño. ¿Por qué?
Tenemos casos en los que, por las fallas biológicas, narcisistas,…, el deseo de los padres y las instituciones que participan en el desarrollo del niño va por otro lado: lo educativo, lo sanitario… (en el mejor de las casos)
En otros casos, las prohibiciones relacionadas con el Deseo inconsciente de los padres pueden influir en restringir algunas áreas de interés del niño, como por ejemplo, “lo sucio” Esto, presumimos, no deja de tener sus efectos, por la transmisión de algo de la represión, de la falta…
Veíamos la dificultad que supone la no implicación adulta en el hacer del niño. No se permite una zona de inclusión recíproca, una zona de intercambio, frontera yo no-yo, la transición está complicada.
¿Puede pensarse que el juego hace síntomas o es el niño quien tiene síntomas en sus juegos? ¿Qué síntomas hace el juego del niño?
M Klein nombra la inhibición, estereotipia, ausencia de vínculo, rechazo, indecisión, ausencia de participación, falta de iniciativa, de imaginación, obsesionalización, impulsión, torpeza… como algunos de los trastornos del juego, en su clasificación de los diferentes trastornos que presenta el niño.
También hace hincapié en los trastornos escolares (inhibición de las tendencias epistemofílicas), trastornos del sueño, de la alimentación, y los trastornos funcionales.
Como signo inquietante, Klein dedica mucho tiempo al exceso de conformismo, de sensatez, de sumisión, etc. [3]
¿Qué consecuencias tienen en el psiquismo del niño estos trastornos en el juego?
La personalidad del niño se va construyendo a medida que todos los pequeños grandes pasos que va dando se asientan. Por ello, si encuentra dificultades en la adquisición de autonomía corporal, de la construcción del mundo inmediato, de los vínculos intersubjetivos, de la relación con el espacio y el tiempo…, esto va a formar parte de la estructura.
Podemos encontrar que todo esto, pensado desde el déficit, o la inhibición de lo relacionado con lo lúdico, en el sentido más amplio del término, va a tener su incidencia en la producción, re-producción, creatividad, re-creación/es … y pueda causar problemas con la construcción y re-construcción, la organización espacio-temporal, la relación causa-efecto…
(14 de marzo de 2007)
Yolanda Ginés y Fernando Laguna
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[1] El poeta y la fantasía. S. Freud.
[2] Vamos a tomar aquí el concepto de juego en la significación Winocottiana de playing, el jugar, y no tanto a la traducción literal, de game, del juego.
[3] Las psicoterapias del niño. Jacques Chazaud.